martes, 17 de octubre de 2017

Viajar para opinar




Llevo un tiempo sin escribir un post en este blog, quizás porque hasta ahora, no haya encontrado una historia personal que me moviese a hacerlo…Quizás porque he necesitado un tiempo de reflexión y calma, para darme cuenta que, lo que realmente me apasionada, es precisamente algo tan sencillo como dar voz a  las voces silenciadas, a contar historias sobre la vida de personas y su modo de comunicación con el mundo.

Las grandes historias dicen que empiezan con un viaje. En mi caso, la mía empezó exactamente así. He viajado a muchos países, puedo decir que, cada vez que tengo la oportunidad, invierto en conocer mundo. Soy de las que cree que la mejor manera de encontrarse a sí mismo, es precisamente adentrándose hacia lo desconocido. Y ahí que me fui…

Esta historia nace en Marruecos, país al que fui por primera vez hace una semana. Mis expectativas de este viaje no eran muy elevadas, pues tampoco tenía una imagen creada sobre cómo es dicho país. Y por imagen creada no me refiero a lo que escuchamos o confabulamos sobre nuestro país vecino y sus gentes, sino a la vivencia personal que te hace poder opinar. Que te aporta el aprendizaje para decidir tu propia voz. Como comunicadora, suelo poner la atención en el modo en que las gentes de los países se relacionan, conviven y entablan sus relaciones. No sé por qué, pero esta parte de ver el mundo bajo este prisma, me hace observar que la cultura de un país, reside en el modo en que sus gentes se comunican con los demás.

Aterricé en Tánger, una ciudad que vive intensamente el día y la noche, no hay descanso, todos los viandantes y turistas viven sumergidos en la gran ciudad donde la modernidad y el lujo, se abren paso entre los cimientos de la austeridad. Es un país de contrastes, en todos los aspectos, donde un McDonald’s limita con una tienda de barrio cuyos productos se elaboran con artesanía y tradición, donde los hoteles de 5 estrellas se encuentran en una larga hilera frente al puerto de Tánger, y a pocos metros,  barrios con casas casi derruidas que persisten el paso del tiempo, que se resisten a ser quienes no son. Es un país que empuja hacia la modernidad, pero que deja claro, que la austeridad también forma parte de su cultura.


Para los que habéis tenido la oportunidad de viajar al norte de Marruecos, esta estampa puede que os resulte familiar. Es lo que encuentras al llegar, y lo que tus ojos ven nada más tomar contacto con su realidad. Sin embargo, este artículo no está hecho para ser un post de viaje, sino para ser un espacio donde visibilizar las historias personales que allí me encontré.

Eran las 5 de la tarde de un domingo, cuando nos encontramos con Youssef, un marroquí que acababa de aparcar su coche y se dirigía a su casa. Su aspecto era europeo, pantalón vaquero, camiseta corta de color amarillo, peinado moderno y con gomina. Una figura que, a ojos de nosotros, puede resultar chocante, sin embargo, muchos hombres y muchas mujeres utilizan esta indumentaria a diario. Le preguntamos cómo podíamos llegar al conocido Café Hafa, donde artistas y celebridades habían desfilado por allí durante años. Youssef no hablaba nada de español, ni una palabra de francés, el único modo de comunicarnos era el lenguaje universal de los signos. Infalible. Por señas intentó dibujar en el aire la ruta y el laberinto de calles a la izquierda y a la derecha que debíamos girar. Como os digo, un enorme laberinto. De repente, se quedó callado durante unos segundos. Pensando en la decisión que tomaría, y que causaría un enorme efecto en mi vida.

Sin más, se montó en su coche y nos hizo de guía hasta el café. Le seguimos en el coche que habíamos alquilado hasta la puerta del café. Por señas nos dijo, que este café ya no es lo que era en sus comienzos, y que quizás nos gustaría más disfrutar de otro lugar, cuyo nombre no recuerdo bien ahora. El caso fue, que una vez llegamos al nuevo café, éste se encontraba cerrado, era domingo, día de descanso también allí. Necesitábamos hacer tiempo hasta la noche, hora que habíamos quedado con la familia que nos acogería en su casa durante dos noches en Tánger.  Así que, sin pedirle nada más, se ofreció a hacer de guía en la ciudad. ¿Quería dinero? Puede ser lo que indudablemente nos viene a la cabeza. Estamos acostumbrados a que nuestras acciones hacia los demás, estén enmascaradas por nuestro interés personal, ese que llamamos esperar algo a cambio. Lo sé. Nuestra cultura nos ha hecho así…

Youssef empezaba a soltarse más. De pronto, los gestos se transformaron en palabras, breves, cortas pero con una enorme carga de significado. Suelo fijarme en la mirada de las personas. La mirada es el recurso más valioso para conectar con las personas a las que nos dirigimos. Y su mirada, sin duda, hablaba de bondad plena. La comunicación ha sido la herramienta de interacción social entre personas, y también culturas, sin embargo, comprendí que la ausencia de lenguaje, nos permite que prestemos atención a los recursos no verbales, que son ilimitados: los gestos corporales, la sonrisa, la mirada, el tono y la emoción cobran más sentido cuando la palabra deja de tener importancia. Y os aseguro, que la comunicación que mantuvimos fue muy auténtica.

Cuando no era capaz de expresarse con gestos, o quería que conociéramos un lugar concreto, Youssef recurría a su mujer, quien al otro lado del teléfono traducía lo que su marido nos decía. Ella era Maryam, 30 años, dicharachera e inteligente a partes iguales, su español lo aprendió durante un 1 mes en el Instituto Cervantes de Tánger, y confiesa que hace más de 6 años que no lo practica. Su amabilidad y cercanía me sorprendió al instante. Me hablaba como si ya nos conociéramos, como sin saberlo, hubiéramos entablado una relación de amistad y familiaridad sorprendente para una persona como yo, acostumbrada a viajar por el mundo, con la frialdad e indiferencia que me he ido encontrando. Y también en mi propio país. Todo hay que decirlo. Intentaba recordar alguna situación parecida en mi vida en Madrid, donde estando perdida, hubiera encontrado las cálidas palabras de alguien que se para, te mira a los ojos, y te enseña el camino. No recordé ninguna historia así.

Maryam y Youssef insistieron en que fuéramos a su casa, a conocer a Maryam, cuyo contacto había sido únicamente a través de un teléfono. ¿Qué extraño te abre las puertas de esa manera? Fue lo que pensé en ese momento. Desde luego, pocas son las personas que se aventuran a abrir su vida de este modo a los demás. Y no imaginé que en Marruecos me encontraría una de ellas.

Nos invitaron a disfrutar de un té con dulces típicos marroquís. Ya eran pasadas las 10 de la noche cuando llegamos a su hogar. Sabíamos que Youssef madrugaba al día siguiente, a las 7 de la mañana comenzaba su jornada laboral que se extendía hasta las 6 de la tarde. Lo habían ascendido a supervisor en una tienda de ropa, que al parecer, había crecido mucho en los últimos años, y habían abiertos nuevas tiendas de ropa por diferentes ciudades de Marruecos. Lo que podemos decir, que pertenecía a la industria textil del país.

El recibimiento que tuvimos al llegar a su humilde morada fue muy emocionante. Tanto, que casi tuve que contener las lágrimas. Unas lágrimas que significaban la crisis de valores y de falsas opiniones mal gestada, que a lo largo de mi vida había escuchado sobre el mundo árabe. Mi discurso nunca ha sido radical, ni tampoco racista. En absoluto. Quizás nunca había forjado una opinión propia porque tampoco había tenido la oportunidad de conocerlos en profundidad. Allí estaba yo, atónita, exhausta y entusiasmada por todo el contraste que estaba viviendo en aquel momento.

Ambos se miraban con verdadero amor, y fruto de ello, era su hijo Siraj, de año y medio, que pese a lo tarde que era, deseaba jugar y reírse a parte iguales. He visto muchos niños a lo largo de mi vida, pero nunca había podido observar el rostro de la auténtica felicidad en un cuerpo tan diminuto, con una sonrisa tan auténtica y rebosante de luz y amor. Me agarraba la mano como si ya me conociera, como si fuéramos amigos, como lo habían hecho sus padres.  

La fluidez y el dominio del español de Maryam, permitió poder hablar distendidamente de muchos temas, entre ellos, el terrorismo islámico. Necesitaba conocer su opinión sobre este asunto. Quería saber cómo se vive desde el otro lado, lo que en Occidente está ocurriendo. De nuevo, la imagen radical que estamos acostumbrados a escuchar sobre ellos, la opinión que tienen hacia nosotros, quedó desterrada en mí para siempre.

Maryam hablaba con mucha naturalidad del asunto. Decía que el mundo musulmán no es el mundo que vemos por televisión, ni lo que se dicen de ellos. Por supuesto, me dijo, estoy totalmente en contra del terrorismo, de todo lo que es violencia y mucho menos, de hacer el daño a otras personas. Eso no es el Islam. España es de lo españoles, a nosotros nos encanta nuestro país. 

Me trasladó a la época en la que españoles y musulmanes convivieron con armonía en Marruecos. Los españoles que vivieron en ciudades como Tánger y Tetuán, trajeron sus costumbres, y durante años, fueron perfectamente integradas y compartidas por nuestros antepasados. No había rivalidad, ni discriminación de unos sobre otros. Lo que hoy día vemos, es sólo un grupo minoritario de personas, que desean hacer el mal, y ese mal nos afecta igualmente a todas las partes, porque nosotros no somos ellos, ni queremos tampoco ser juzgados y señalados por las acciones injustificadas de aquellos llamados terroristas.

La conversación fue bastante más larga, pero quizás ese párrafo refleje lo que deseo transmitir, y es precisamente, que forjamos nuestra opinión en base a lo que escuchamos, a lo que nos venden, o lo que interesa que pensemos para que el miedo persista, para que el odio sea la melodía que rija nuestra vida actual. Pero, ¿llegamos a crear nuestra propia opinión en base a nuestra experiencia? O por el contrario, ¿Generalizamos sin conocimiento de causa, haciendo que todos y todas, se inserten en el mismo saco social?

Esta pareja me hizo comprender que el Islam sólo es una forma de ser en el mundo, donde la persona que lo vive de VERDAD, se muestra al mundo con gratitud, con humildad y con la única entrega de hacer el bien para los demás. Y así lo viven. Y así lo sienten. Y así lo respetaré siempre.

Mi opinión sobre el mundo musulmán ahora puedo decir que está basada en mi propia experiencia. Que fue gestándose con las historias personales que fui conociendo allí.

Puede que no entienda muchas otras costumbres suyas, como el hecho de al casarse la mujer, debe dejar de trabajar. Pero es cierto que esa creencia ancestral empieza a tambalear sus propios cimientos, movidos ahora por la modernidad y el deseo de prosperar. Se empieza a ver a las mujeres como seres libres, inteligentes e independientes, que apuestan por ellas mismas. Así nos lo hizo ver Musta, un chico que conocí en la cola del avión, antes de embarcar hacia Tánger. Natural de Tetuán, llevaba más de media vida viviendo en nuestro país. Y aunque nunca ha perdido sus raíces, confiesa que le encanta Madrid y su Malasaña. Siempre que puede se escapa a visitar a su familia. Quedé con él un miércoles, en Tetuán, después de disfrutar de unos días de descanso en Chefchaouen, donde la inmensidad de sus montañas, sus ríos y su verdor, te hacen trasladarte a otra época. Cómo es posible que exista tanta belleza natural en un país eminentemente árido. Pero Marruecos es así, como ya he dicho, de contrastes infinitos.


 Tetuán fue el punto de partida para una nueva amistad. Y una nueva conversación que reforzaría de nuevo la opinión que comencé a fraguar en Tánger. Esta vez nuestra comunicación hablaba el mismo lenguaje, pero debo confesar, que la sonrisa perenne en su rostro, transportaron las palabras a un segundo plano. Nuevamente, el lenguaje universal de los gestos, de la comunicación no verbal, se abría camino ante mis ojos.  Haciéndome sentir plenamente conectada a alguien.


Anduvimos por las calles, los mercados, y aquí si pude ser testigo del paso de los españoles por dicha ciudad. Muchas son las personas que hablan español, muchos son los negocios que se abrieron en sus calles, y la cantidad de profesores españoles que imparten clases de español en los diferentes colegios de la ciudad. 

Musta contaba abiertamente que él es ateo, siempre lo ha sido, pero que no practicar la religión musulmana, no le hace ser crítico con la misma. Al contrario. La respeta, la menciona y habla de lo que es para él el Islam. Su madre enviudó siendo él muy pequeño. Fue una madre coraje. Él es el mayor de 3 hermanos, un niño y una niña más. Contaba que su educación se ha basado en la igualdad, desde bien pequeños, en su casa. Todos han limpiado, fregado y realizado los quehaceres diarios sin importar el género. Todos han tenido la posibilidad de continuar sus estudios e ir a la universidad. Confiesa que hoy día, las aulas de las universidades hay más mujeres que hombres, y que son precisamente las mujeres quienes obtienen mejores notas. Siente que su país está evolucionando, a paso lento, eso sí. Pero que hoy día, el divorcio y la elección del matrimonio no son temas tabús. Son las mujeres quienes eligen llevar el velo, y son ellas quienes deciden casarse o no. Es cierto que habrá de todo y para todos los gustos. Pero él nos hablaba de una nueva era, que a paso lento, empezaba a dibujarse en el futuro de Marruecos.



Allá donde fueres, haz lo que vieres. Esta es una frase que todo viajero emplea en cada país que visita. Hacer lo que vemos. Yo vi y SENTÍ que la comunicación nos introduce en vidas fascinantes, nos conecta con personas que de alguna manera, te permiten vibrar. Puede que en este viaje, haya reforzado más mi opinión sobre la universalidad del lenguaje por encima del idioma, y que el verdadero significado nace desde el corazón, aquel que dibuja una sonrisa, aquel que destella una mirada, aquel que hace despertar nuestros sentidos, aquel que no entiende de religión ni discriminación.

Los TIEMPOS cambian y también sus gentes, sin embargo, el discurso radical que mantenemos en nuestra sociedad, enaltecido de odio y racismo, sigue siendo el mismo que tiempo atrás.

Desde aquí, en este humilde espacio, deseo hacer una llamada para VIAJAR, para que abramos nuestra mente y liberarnos de ese odio, que un día, alguien nos instauró sobre el país vecino. Todos estamos hechos con los mismos cimientos, y es el desconocimiento, el miedo a lo no establecido, y la generalización de nuestro discurso, lo que nos hace seguir sumidos en el velo social.

Atrévete a VIAJAR para OPINAR y COMUNICARTE con SENTIDO’S.